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    Un regalo que trajo un compañero de trabajo de Fukuoka. Según recuerdo, el manju tenía un relleno suave y denso de pasta de judías blancas, y el aroma de la leche combinaba muy bien con el de la pasta. La masa exterior era suave y no estaba seca; el dulzor era bastante marcado. Es un wagashi japonés con un toque lácteo occidental, aunque recomiendo acompañarlo con té o café para que no resulte empalagoso.

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